martes, 26 de mayo de 2009

Medina Sidonia no fue la Shiduna andalusí. Los orígenes de una ciudad islámica (II)

El Jerez prealmohade

En el siglo V de nuestra era, tras la crisis del Bajo Imperio Romano, comienza a despuntar en la zona del Guadalete la ciudad de Assidona, población que en el último cuarto de la centuria siguiente –con la monarquía visigótica bien asentada ya en nuestro territorio– se convirtió en el centro administrativo y espiritual de una comarca cuyos límites coincidían con los del antiguo Conventus Gaditanus.
Tras la llegada del islam a la Península el año 711, esa comarca quedó integrada en la provincia o cora de Sidonia, unidad político-administrativa con capital en la ciudad del mismo nombre y extensión prácticamente similar a la de sus antecesoras goda y romana. Sidonia limitaba al norte con las coras de Niebla, Sevilla y Morón; al este, con la de Takuruna; al sur, con la de Algeciras, y al oeste, con el Océano Atlántico.
Hacia mediados del siglo IX, la ciudad preponderante de la cora aún era Sidonia, pero a partir de las incursiones normandas del año 844, inicia un declive paralelo al ascenso de otros núcleos urbanos como la hoy desaparecida Calsena y Jerez, sucesivas capitales que al tiempo se convirtieron en centros intelectuales de cierta importancia, coincidiendo con el período de bonanza económica que la cora experimentaba por entonces. Este esplendor tiene su reflejo en la Historia de los ulemas de al-Andalus del cordobés Ibn al-Faradi (m. 1013), que inmortaliza a una treintena de sabios de Sidonia y otras ciudades y alquerías de la zona, especialmente las mencionadas Calsena y Jerez.
Si hacemos caso de las fuentes escritas, la ruina de Sidonia y de Calsena parece concretarse en el siglo de las taifas. A partir de ese momento, los datos sobre ambas poblaciones, sobre todo los de la primera, desaparecen. Sobre la ciudad de Sidonia sabemos muy poco durante la época islámica y su exacta ubicación, pero la coincidencia toponímica ha llevado a localizarla comúnmente donde hoy se levanta Medina Sidonia.
Sin embargo, en el entorno del castillo de Doña Blanca, a medio camino entre Jerez y El Puerto de Santa María, se hallan los restos islámicos más antiguos de la provincia de Cádiz conocidos hasta ahora, fechados a comienzos del siglo VIII. El nombre de este yacimiento y el de toda la zona donde se localiza es, desde época medieval, Sidueña. En su solar hay vestigios importantísimos de una importante polis fenicia de nombre aún por concretar y otros de origen romano, visigodo e islámico. La idea de que este enclave pueda relacionarse con la Asido fenicia que citan Plinio y el anónimo de Rávena y que sería la génesis de la supuesta Assidona romana o visigoda y, por ende, de la Sidonia andalusí, es demasiado sugestiva como para desecharla. La etimología y las fuentes geográficas parecen darnos la razón.
Tradicionalmente, la traducción del topónimo árabe /Shiduna/ o /madinat Shiduna/ al español, ha sido la de “Medina Sidonia”, interpretación que, aunque obvia, resulta más confusa e imprecisa que las apropiadas “Sidonia”, “ciudad de Sidonia”, “(cora de) Sidonia” o, mejor, “Sidueña”, denominación que, como ya hemos apuntado, existe hoy día.
Las descripciones que las fuentes árabes hacen del enclave en el que la Sidueña islámica se situaba nos obligan a revisar y reinterpretar los textos, ya que aquéllas poco o nada tienen que ver con Medina Sidonia, y bastante con la Sidueña localizada a los pies de la Sierra de San Cristóbal, sobre el extenso valle de Sidueña por el que discurre el río Guadalete y –según al-Mas’udi (m. 956)– frente a la “isla de Cádiz”.
En efecto, nos cuenta el historiador Ahmad al-Razi (m. 955) que Sidueña fue una ciudad “muy grande a maravilla”, con un monte sobre ella “de muchas fuentes que dan muchas aguas”, semejante al “hermoso promontorio vestido de diversos frutales y fecundado con copiosos nacimientos de agua, a quien hoy llamamos la Sierra de San Cristóbal, por su ermita, castillo y atalaya […]” que nos refiere el jerezano Fray Esteban Rallón en pleno siglo XVII y que recuerda a la “Montaña Media” que al-Himyari (m. 1325-6) coloca “cerca de Sidueña”, con restos antiguos y una gruta en su interior. Sea como fuere, el emplazamiento coincide con el mismo donde, al sur del alfoz jerezano, se ubicaba el pago, dehesa o lugar de Sidueña que encontramos en documentos castellanos desde el siglo XIV, una zona de viñedos, olivares y huertas en la que es posible que estuvieran situadas, en el siglo XII y “sobre el Guadalete”, las ruinas de la yerma y deshabitada ciudad de Sidueña, como parece señalar la versión medieval de al-Zuhri (s. XII).
Una visita al lugar nos hace pensar, también, si no fue éste el lugar fácilmente practicable por mar para los ataques normandos de los años 844-5 o el debatido escenario de la famosa batalla que en el año 711 enfrentó a las tropas del rey don Rodrigo con las musulmanas de Tariq.
Lo cierto es que los primeros nombres de los habitantes del Jerez islámico aparecen en los años finales del siglo IX, momento en el que se advierte un mayor número de nombres de sabios musulmanes en los repertorios bio-bibliográficos, y la proliferación en las crónicas de noticias sobre la ampliación de mezquitas y la construcción o fundación de nuevas ciudades. De estos ulemas, muchos tendrán origen muladí, lo que evidencia la progresiva islamización de la Península en esas fechas.
En la primera fase de este proceso, que iría desde el siglo VIII hasta comienzos del IX, el grado de asimilación de la población autóctona había sido prácticamente nulo, debido al escaso número de musulmanes que entró en la Península durante la conquista y otros factores como la endogamia característica de los clanes árabes que conformaban la élite política y militar invasora, o la fuerte oposición, espoleada por combativas y díscolas sedes episcopales, que la minoría musulmana encontró en el arraigado cristianismo de muchas de las urbes conquistadas. Esto llevó, en no pocas ocasiones, a la edificación de nuevos asentamientos puramente musulmanes junto a las insurrectas metrópolis cristianas. Se procuraba, de esa forma, el control del territorio a escasa distancia del enemigo militar y espiritual. ¿Sucedió esto con Sidueña, sede del obispado de la región, y Jerez?. No sería el primer y único caso de este tipo en al-Andalus, recuérdese, por ejemplo, lo sucedido con las ciudades de Elvira y Granada.
Desconocemos las causas por las cuales Sidueña fue perdiendo importancia en favor de Jerez, pero las continuas ofensivas normandas y el posible enfrentamiento con la cúpula eclesial asidonense pudieron provocar en la autoridad musulmana la necesidad de hallar o construir otra población. Ésta pudo ser Jerez, lugar cercano aunque más hacia el interior, en el centro de una rica comarca agrícola próxima al mar de nombre Cerit. Lo cierto es que, en el siglo X, las autoridades envían a Jerez intelectuales y hombres expertos en ciencias religiosas desde la cercana Sidueña, tal vez para asegurar la arabización e islamización de sus habitantes.
Es significativo que algunas fuentes de finales del siglo X y del XI denominen a esta nueva población, que cuenta ya con mezquita aljama, /Sharish Shiduna/, Jerez Sidonia (o Jerez Sidueña). Con todas las reservas y objeciones que quieran hacerse, el hecho revela que Jerez fue, de alguna manera, consecuencia y continuación de Sidueña. Con el paso de los años, Jerez pierde el “apellido” y a su vecina Sidueña, de la que, como señalamos anteriormente, apenas quedaban rastros en el siglo XII. Dice al-Razi (m. 955): [] Et Xerez Sadunia es nombrada entre todas las cibdades de Espanya, et en ella ha todas las bondades de la tierra et de la mar; que si vos yo quissiese contar todas las bondades della et de su termino, non podria. Et las aguas non se dannan como otras, et la su fruta dura mucho. Et Xerez es tan buena que le non puede escusar en lo mas de Espanya []. De la misma forma llama Ibn Hayyan (m. 1076) a Jerez en un fragmento dedicado al ataque normando del año 844 a la zona, en tiempos del emir Abd al-Rahman II (m. 852). Aún en el siglo XIII, Ibn Dihya (m. 1235) sigue haciendo lo propio cuando menciona el lugar al que pertenece la alquería de Jarana y la ciudad de nacimiento y residencia del poeta y juez Ibn Lubbal (m. 1187-8), autor de los versos siguientes [metro tawil]:

Cuando el que está afligido contempla el bello rostro
de la tierra de Sidueña, olvida su pena.
Parece que la mano de la lluvia hubiera cubierto
de verdes brocados sus valles y majadas.
Como un aladar por las mejillas del hermoso,
discurren los arroyos por sus marjales.

Tal vez por todas estas razones, comprendamos mejor por qué el Dikr bilad al-Andalus considera a Jerez una población moderna, una de las que se construyeron en tiempos del Islam. Esta aseveración podría dejar fuera de toda duda que el germen de la ciudad debe rastrearse en la Sidueña emiral o califal, si no fuera porque seguimos sin saber la fecha exacta de ese asentamiento y si éste tomó el nombre y ocupó el espacio de algún enclave o región preexistente de origen romano o visigodo, Ceret o Cerit, al que se le añadió el de su antecesora, Sidueña. Recordemos, con todo, a Casiri, quien afirma que Jerez debe su nombre al persa Xiraza, en cuyo honor, la colonia del mismo origen allí asentada –parte tal vez de los contingentes militares del sirio Balch b. Bishr llegados a la Península en el 741– llamó a esta ciudad que, poco a poco, fue recibiendo a los habitantes de la colindante Sidueña y otros puntos del entorno. 

En conclusión, la Sidueña de las crónicas y repertorios bio-bibliográficos árabes no es la actual Medina Sidonia, que debió de llamarse de otra forma, probablemente Madinat Ibn al-Salim, porque lo que encuentra Alfonso X a mediados del siglo XIII es un castillo y una villa que conserva el apelativo de Medina y “que es en la tierra de Sydonia”. El enclave de la /Shiduna/ andalusí, tal vez la Asido latina de origen fenicio a la que el arzobispo toledano Jiménez de Rada adjudica el nombre de Assidona, se halla en Sidueña, lugar cercano a Jerez cuya descripción concuerda con la de los textos árabes. Este enclave terminó despoblándose y, por diversas razones, cedió su hegemonía a Jerez, ciudad con la que llegó incluso a identificarse.

BORREGO SOTO, M. Á. (2008): Jerez. Los orígenes de una ciudad islámica”, Arqueología, historia y viajes sobre historia MEDIEVAL, 26, Barcelona, 79-85. ISSN: 1698-0387.

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